17-8/09/26
Diez años.
Todavía puedo recordar la sensación de encontrar a mis primos en la camioneta, de ver sus rostros envueltos en una combinación de entusiasmo y pena. Puedo recordar el camino hacia la funeraria y las miradas de mis tías mientras entramos. Recuerdo las palmadas de felicitación adelantadas y aprisionadas en el velatorio, los abrazos de pésame y el ambiente encogido. Nunca había visto a tantos familiares en estas fechas.
Jamás he vuelto a tener un cumpleaños como los que precedieron al de ese año, pero tampoco encontré tanto amor y creatividad en mis amistades como en aquella ocasión. Recuerdo el intento que realizaron por guardar como un secreto la ubicación del recreo, la prueba de una aparición repentina de actores y chocolates que tal vez no llegaron en el orden esperado... ¡Pero qué buenos chocolates!
Después de aquel año, cada que llega la fecha me encuentro en la misma encrucijada, sé que mi abuela no querrá jamás vivir estas fechas como lo hacíamos hace once años. Y está bien, su dolor es uno que preferiría no experimentar, aunque sé que eventualmente nos llega a todos. Sin embargo, debo admitir que el silencio y distancia se han vuelto cada vez un poco más amplios. Ni qué decir de lo que será en unas horas, cuando no será sólo uno, sino que serán dos los recordatorios de lo que llega en septiembre.
Yo no tuve fiesta de quince años. Los números 0 y 5 siempre han sido de mi agrado, pero por alguna razón la terminación 6 me queda mejor. No más dulce, pero sí más significativa. Hoy sucede otra vez, el 6 llega con un cuarto de siglo de cola. No podría hablar con seguridad de lo que fueron esos 25 detrás. No sabría explicar si las emociones y experiencias han sido buenas, malas, enriquecedoras, transformadoras, intensas, desafiantes, gratificantes o cálidas. Sólo sé que, como me enseñaron en aquella pizzería que ya no existe (en alguno de los 15 cumpleaños anteriores al de aquel día) "la Tierra se mueve alrededor del Sol...y Marilú cumple otro año".
Quisiera terminar estas vueltas con una nota dulce, agradecer por todo lo que me ha sido otorgado, por todas las personas que, como ese grupo de niñas de secundaria, se han cruzado en mi camino y me han regalado "chocolates" de vida, pequeños momentos, a veces incluso sólo instantes, pero que dejaron en mí la posibilidad de ser y pensar de un modo nuevo.
No soy la misma de hace diez años, y espero no ser hoy la de mañana. Espero empezar a contar los años en anécdotas que me lleven a discernir sobre una vida santa, mas no enclaustrada. Espero contar los meses en esperanzas y proyectos cada vez más míos, más apasionantes y bendecidos. Espero contar las semanas en encuentros y conversaciones que me permitan estar más presente en la vida de quienes amo. Espero contar los días en oraciones vivas, en voluntad que me lleve al servicio donde verdaderamente hace falta. Espero contar las horas en cantos y lecturas, que me permitan vivir con más paciencia y cariño. Espero contar cada minuto, cada segundo, y cada fragmento con la misma contemplación y mirada que me lleve tanto a mi interior, como a este extraño y terriblemente diverso exterior, hermoso y gozoso, así como desafiante y variado mundo... Este mundo que tanto amaron quienes me precedieron, y que yo querré hasta el final.
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