Café matutino
Despertar
de golpe después de ver el fuego que lanzó una bala justo hacia tu rostro.
Levantarte y no poder mantener tu camino recto, te apoyas en las paredes y llegas al cuarto contiguo. Entras, consigues alcanzar la mesa de media noche y
tomas una toalla, está empapada y fresca, logras despertarte y quitar
de tus ojos las lagañas, esas que acumulas solamente cuando pasas noches en
llanto.
Recuerdas
lo que pasó, pero ya no te importa, recordar duele y el dolor no te ha
permitido nada. Ahora sabes que es tarde, la alarma debió sonar cien veces y tú
decidiste ignorarla para continuar en tus fantasías, esas malditas pesadillas
que sigues intentando vivir.
Por
fin te mantienes de pie sin soporte, tus pies descalzos están mugrosos y sabes
que necesitas un buen baño, pero antes quieres café.
Bajas,
la lumbre ya está encendida, una mujer se ha sentado a la mesa, mientras lee
la Biblia con el delineador corrido entre los ojos desayuna un omelette
empapado en salsa de tomate, parece llevar allí horas y no voltea a mirarte.
Continúas hasta la estufa, retiras del fuego el agua y la miras caer al tiempo
que inclinas el traste sobre un guante lleno de café, con ese bendito aroma que no
deja de gustarte.
Llenas
la taza, la tomas, vuelves al cuarto.
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